viernes, 12 de abril de 2013

"Solo al soñar tenemos libertad, siempre fue así y siempre así será."


Deja lo que estés haciendo, no pienses en nada, deja tu mente en blanco. Tomáte un respiro, cierra los ojos, visualiza el lugar en el que te gustaría estar en este momento y teletransportate a él. Como si no hicieran falta aviones, ni trenes, ni coches. Acorta los kilómetros hasta el punto de creer que estás en ese determinado sitio en este determinado momento. No escuches lo que hay a tu alrededor, como mucho recuerda una de esas canciones que siempre has pensado que serían perfectas como banda sonora de algún buen momento. Hazla sonar en tu cabeza. Piensa en todo lo que podrías hacer en ese lugar, dibuja los edificios, recrea los sonidos, inventa los olores, crea una atmósfera. Imagina. Regálate este instante que tanto te gustaría estar viviendo. "Haz las maletas" y vete lejos con tu mente. Lejos de todo, de tus preocupaciones, de tus estudios, de tus pensamientos, de tus agobios, de tu vida. Relájate. Toma aire. Sueña. Huye a donde las circunstancias no te dejan estar en este preciso momento, haz lo que no puedes hacer, rompe las reglas espacio-tiempo y sé feliz momentáneamente. Dale unas vacaciones a tu cuerpo de la mejor manera que puedas, no importa cuál sea el lugar, solo importa el hecho de que te sientes bien y que, algún día, esa imagen dejará de ser una ilusión y será realidad. Lo prometo.




domingo, 24 de marzo de 2013

"La fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo."


 -Y para ti, ¿Qué es el cine?

-¿Para mí? ¿El cine? No sabría por dónde empezar a contar la historia... Para mí el cine es Amélie, el famoso guante de Gilda, el suspense de Hitchcock, el poder camaleónico de Johnny Depp, los guiones de Woody Allen, las películas de Billy Wilder, la escena de la ducha en "Psicosis" y las risas de "Con faldas y a lo loco". Para mí el cine es la felicidad que me transmite "Singing in the rain", "Grease" o "Mamma mia!", el cine para mí es llorar por una película bien hecha, gritar a Jack para que se suba con Rose a la tabla, la locura de Tim Burton y la vida de Holly Golightly. Para mí el cine son las bandas sonoras de Hans Zimmer y de Yann Tiersen, Audrey Hepburn cantando Moon River en la ventana y las historias de amor como "El diario de Noa"; para mí, el cine es el mensaje de "V de Vendetta", Humprey Bogart e Ingrid Bergam en "Casablanca" y "El gran dictador" de Chaplin. Cine son las dos últimas películas de Tom Hooper, pero sobre todo, la escena final de "Los Miserables". Cine es Grace Kelly en "La ventana indiscreta", James Dean haciendo de rebelde e incluso las comedias como "El diablo viste de Prada" o "Bridget Jones". Para mí el cine es no dormir para ver los Golden Globes o los Oscar, sonreír por cada uno que sube a recoger un premio y sentirme feliz por esas personas que ni siquiera conozco; soñar con poder ser algún día lo que son ellos, admirarlos e incluso quererlos. Para mí, el cine es ver como Meryl Streep puede interpretar cualquier papel que la pongas, el París bohemio de "Midnight in Paris" o "Moulin Rouge" y la ciudad de Manhattan retratada en "Annie Hall"; también lo son los personajes de Audrey Tautou y el amor por el séptimo arte del protagonista de "Cinema Paradiso". Llamarme tonta, pero lloro al escuchar la banda sonora de "Doctor Zhivago" o "El guardaespaldas", lloro al ver como uno de mis directores, actores, actrices o películas favoritas ganan un premio; lloro cuando veo los créditos finales y sale el logo de la productora confirmando que ya no hay ni un minuto más de película; lloro por lo que les pasa a los personajes, por el simple hecho de sentirme identificada o sencillamente porque estoy disfrutando. Por todo esto ya podrías hacerte una idea de que el cine es mi forma de vida, mi forma de pensar, mi forma de ser e incluso de actuar. Nunca me cansaré de decir que he aprendido más con las películas que con el colegio, porque todo lo que soy, toda mi filosofía personal, mi forma de pensar, se lo debo a él. Solo a él. Me ha enseñado a creer, a soñar, a ver la realidad desde otro punto de vista que aunque muchos no lo crean, es tan real como el suyo propio. El cine ha sido ese profesor particular  que ha guiado mi vida, el cine es y será una parte de mí, algo que siempre llevo conmigo. Mucho más que un domingo lluvioso de pelí y palomitas o una tarde viendo un estreno con mis amigos. Es mi día a día, mi consejero, mi amigo, mi rutina. Eso es para mí el cine.


sábado, 16 de marzo de 2013

Y ahí estaban. Todas y cada una de las fotografías que ella había ido haciendo a lo largo de su relación. Ordenadas por fechas, repartidas en álbumes, pegadas a la pared o simplemente esparcidas sobre su escritorio. Recogían pequeñas partes de su historia, partes de cariño, partes de viajes, de tardes, de discusiones, de reconciliaciones. Partes de amor al fin y al cabo. Nunca antes las había prestado atención, pero siempre habían estado ahí. Recordó que siempre la preguntaba por qué hacía tantas fotos y ella nunca le contestaba. Ahora lo entendía todo. Había obtenido esa respuesta sin necesidad de formular la pregunta.

Y ahí estaba. El día de su cumpleaños. La tarta que le hizo a pesar de no tener ni la menor idea sobre cocina, las velas a medio consumir, la cocina blanca por la harina y la bufanda verde que había utilizado para taparle los ojos. Aún podía recordar su olor en ese pañuelo, el suave aroma a lavanda que desprendía al igual que lo hacía su cuerpo en cada movimiento, y entonces, la vió a ella. 

Al lado estaban ellos, tumbados en el sofá arropados por una manta, dándose calor el uno al otro, ella apoyada en su pecho, leyendo cualquier libro de Jane Austen y el dormido sobre el cojín. Ni siquiera se enteró de cuando hizo esa foto. Pero ahí estaba, junto a las demás, construyendo la historia de la que formaba parte. 
También estaba el árbol de Navidad, los decorativos navideños en las cajas preparados para volver a formar parte de la casa un año más, las uvas de fin de año, el espejo roto por culpa de la botella de Champagne mal destapada, los envoltorios de regalos esparcidos por el suelo, su rostro sonriente con los pendientes que él la había regalado, la ropa tirada en el suelo al lado de la cama... Toda una Navidad capturada en pequeños trozos de papel que harían que ese recuerdo no se perdiera nunca, por muchos años que pasaran y por muchos daños que soportarán. El amor estaba ahí, en esas fotos. Todo se quedaría guardado para siempre, y ni el dolor conseguiría borrar lo que fue y sustituirlo por recuerdos vagos o amargos. Era algo real, como lo habían sido esos momentos y los sentimientos vividos en ellos.
Entonces miró la siguiente foto, sus labios, unos con otros, sus manos enredadas en su pelo, las de ella alrededor de su cuello. La siguiente mantenía la posición apenas sin cambios, y la siguiente, pero en la cuarta ya había espacio entre sus labios, y en la que le seguía, una sonrisa que les separaba aún estando peligrosamente cerca. Sin embargo, en la sexta de nuevo estaban completamente juntos. Seis fotos que retrataban todo el proceso de un beso. Seis fotos que eran un beso. ¿Cómo podía no haberse dado cuenta antes? Ya tenía la respuesta a todo lo que llevaba preguntándose desde hacía ya varios meses. Ya entendía porque nunca paraba de hacer fotos, porque ella seguía con él aunque se hubiera ido ya hacía mucho tiempo, porque no podía deshacerse de todos los momentos vividos, porque parecía como si reviviera una y otra vez lo mismo en su cabeza, porque  no conseguía olvidar aquella sonrisa, ni tampoco aquellas lágrimas. Entendió el porqué nunca había dejado de echarla de menos, el porqué siempre la tenía presente, porqué su apartamento continuaba oliendo a lavanda y porqué seguía sonando el sonido de la cámara al hacer una foto entre el silencio. El tenía la historia. Delante de sus ojos. Todo era real, las sensaciones, los viajes, los paseos, los días en el apartamento, los abrazos, los besos. Todo estaba ahí, retratado en unos trozos de papel que formaban la película de su relación, una película que parecía vivir en eterno replay. Su historia, al fin y al cabo. Y entonces se dió cuenta de que mientras esas fotos estuvieran con él, el estaría con ella.




sábado, 9 de febrero de 2013

¿Bonito? Bonito es el sonido de una carcajada, de la lluvia contra el cristal, de nuestra canción favorita. Bonito es llorar de felicidad, estar rodeado de gente que te quiere y saber que los que ya no están a nuestro lado aún nos recuerdan con cariño. Bonito es ver a lo lejos las luces de una ciudad por la noche, abrir la ventanilla del coche durante un viaje largo y dejar que el aire te de en la cara. Bonitos son los canales de Amsterdam, las calles de París y las ciudades desiertas un día de lluvia. Bonito es el silencio cuando hace falta, la música de fondo componiendo nuestra banda sonora y los escaparates de las pastelerías. Bonito es un abrazo cuando estás a punto de llorar, saber que hay más carcajadas por minuto que asesinatos y que hoy en día siete mil millones de personas pertenecen a una ONG. Bonitos son esos detalles que nos hacen diferentes al resto de personas, las fotografías de un momento del que aún nos queda un buen recuerdo. Bonito es que un desconocido nos sonría sinceramente cuando vamos por la calle, conocer a una persona que será importante en nuestras vidas y la sensación de saber que has ayudado a alguien. Bonito es que la luz del Sol entre por las ventanas, el primer llanto de un niño nada más nacer y el momento en el que da su primer paso. Bonito es el sonido de las olas en una playa, el olor a aire puro que hay en los pueblos cerca de las montañas y el verde los bosques. Bonito es ver a tus grupos favoritos en concierto, la adicción que tenemos a algunos libros y las lágrimas que nos dejan algunas películas. Bonito es ver las nubes desde la ventanilla de un avión y los mercados de flores en plena ciudad. Bonito es viajar, conocer mundo, las luces de Navidad y ver caer la nieve a tu alrededor. Bonito es el olor a galletas recién hechas, la fría brisa un día de calor y las frases de nuestros ídolos que nos ayudan a superarnos a nosotros mismos.
Bonitas son tantas cosas, que somos incapaces de ver hasta qué punto la vida es una obra de arte.


  

martes, 22 de enero de 2013



Contemos el número de carcajadas que damos a lo largo de un día. Contemos el número de "te quieros" que recibimos de nuestros amigos, familia, parejas.... Contemos el número de palabras amables que nos dicen en cualquier sitio donde compramos algo. Contemos el número de sonrisas que vemos al pasear por la calle, el número de veces que tenemos una buena sensación, que no pensamos en nada. Contemos todas los efectos que nos produce escuchar nuestra canción preferida y la cantidad de recuerdos que nos traen las melodías de otras; todos los sentimientos que somos capaces de sentir con una película y el buen recuerdo que nos dejan algunos libros. 
Contemos cada respiración que damos al día, que también son importantes. Contemos los pequeños detalles que solo nosotros conocemos, las cosas que hacemos por nosotros mismos, por muy insignificantes que sean. Recordemos esa sensación de comodidad que sentimos al despertarnos, cuando aún estamos en la cama arropados con el edredón protegiéndonos del frío que hay más allá de las sábanas; la sensación de oler nuestra comida favorita por toda la casa, de sentir los brazos de alguien rodearte, de ponerte el pijama que habías dejado en el radiador cuando aún es invierno, de meterte a una piscina cuando hay 40ºC en la calle o de beber agua cuando estás muerto de sed. Contemos cada vez nos ponemos una meta en nuestra vida y tenemos la ilusión de cumplirla, cada vez que oímos el nombre de nuestro ídolo en la televisión y nos invade un sentimiento de satisfacción, todas y cada una de las tonterías que hacemos en casa, cuando nadie nos ve, y que por un momento nos hacen estúpidamente felices; la emoción que sentimos el día de nuestro cumpleaños, aunque algunas veces nos entristezca el cumplir años; contemos las ganas que le ponemos todos al año nuevo y la curiosa inquietud que sentimos todos la mañana en la que salimos de viaje para pasar las vacaciones. Contemos hasta el más mínimo recuerdo de felicidad que hayamos sentido durante nuestra vida y sumemoslos todos. Pensar en el resultado ¿A que vuestras vidas al fin y al cabo no han sido tan malas como pensabais  ¿A que las malas rachas no tienen nada que hacer contra los buenos ratos?  Pues nunca, en toda vuestra vida, olvidéis la solución de esa suma.

martes, 1 de enero de 2013

Hello, 2013.



2013. Acabado en trece, empezado en martes. Número de la mala suerte. Todo en su contra y aún así todos con ganas de disfrutarlo y de hacer de él un año mejor que los vividos. 365 días por delante, 365 oportunidades para cambiarnos y reinventarnos a nosotros mismos, para conseguir lo que queremos o por lo menos intentarlo. 8.760 horas que repartir entre colegio, familia, amigos y dormir, 8.760 que disfrutar, 8.760 formas de pasar un año. 525.600 minutos que vivir, 525.600 nuevos momentos que no podremos repetir, 525.600 minutos que pasarán sin darnos cuenta. 31.536.000 segundos irrecuperables a los que no daremos importancia pero que son fundamentales en nuestra vida. Segundos que pueden cambiarlo todo. 

1 de enero, día de hacernos promesas a nosotros mismos, de proponernos objetivos que luego no cumpliremos, día de ilusiones y de optimismo, de empaparnos de sonrisas y de llenarnos de esperanzas. Pensamos que todo va a cambiar, que todo va a ser diferente, que nos irá mejor. La motivación del primer día. Deseamos, soñamos e ideamos un año perfecto en nuestra cabeza. Creemos que esto será una nueva vida, un nuevo comienzo, y aunque no estamos del todo equivocados, en verdad la vida es continua, un transcurso de días, de minutos y de segundos que se nos escapan uno tras de otro. Está bien que haya un día dedicado a pensar qué hacer con nuestra vida y de cómo mejorarla, pero ¿Y el resto del año? Tenemos suficiente tiempo como para plantearnos este tipo de cosas más a menudo. Para decirnos: "ya está bien, ahora me toca a mí ser feliz". Debería haber más 1 de eneros. Más días que sirvan de nuevo punto de partida, que nos dejen empezar de nuevo cuando todo vaya mal. Pero, a falta de ellos, somos nosotros mismos los que nos tenemos que poner límites y decir "hasta aquí he llegado", somos nosotros mismos los que al tocar fondo debemos levantarnos y seguir adelante. Deberíamos de sentir más a menudo esa esperanza que nos dan los 1 de eneros, esa ilusión que ponemos a cada comienzo del año, dejar los miedos atrás y dedicarnos únicamente a vivir. Así que, 2013, sólo te pido que no seas demasiado duro, aunque de hacerlo bueno ya me ocupo yo misma.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Su vida era como el guión de cualquier película de Woody Allen, algo fuera de la lógica, de lo común y lo ordinario, pero siempre conservando un poco de cordura y dando importancia al razonamiento. Inteligente, pero a la vez neurótica. Una montaña rusa de emociones, llena de subidas, bajadas y caídas en picado. Ella era el típico personaje que siempre interpreta el propio Allen, ese ser solitario, con grandes sueños surrealistas  que ve la verdad desde un punto de vista que otros jamás podrán, ese personaje al que algunos tienen la manía de llamar loco; que sufre continuos desequilibrios emocionales, tiene gran amor por la literatura y está obsesionado con la filosofía y el arte.  Pero no está loco, ni siquiera un poco. Tiene mucho más sentido común que la mayoría de la humanidad. Le aporta su modo de ver la vida a cada cosa que hace. Da una explicación a todo, tiene la necesidad de saber más que los demás y sabe que hay algo más allá de lo que todos ven. Su forma de vivir es esa a la que la sociedad y el ser humano han ido matando poco a poco hasta lograr una existencia sin sueños, sin teorías absurdamente realistas, y sin metas más allá de una oficina y el café de por las mañanas. Una vida sin pasión, por decirlo de algún modo. La sociedad ha matado la ilusión con el paso de los años, y nos ha dejado, en su defecto, esta cruda situación a la que todos confunden y llaman realidad.
 Ella, como Woody Allen, siempre que empezaba algo, terminaba en el punto de partida; intentaba querer, pero siempre acababa sola, soñaba más que cualquier otra persona y amaba el cine por encima de todo. Ella vivía una vida en blanco y negro, y  al mismo tiempo, soñaba en technicolor. Muchos la tacharían de loca, no entenderían su forma de pensar, y creerían que simplemente es una neurótica distorsionando la verdad para no tener que hacer frente a la cruda realidad. Sin embargo, ella, al igual que el director, sabía que eran ellos los locos , los que no tenían el valor de mirar al frente y darse cuenta de que la realidad no puede ser desperdiciar tu vida sentado en una silla de oficina, haciendo papeleo y perdiendo el tiempo que la vida nos ha dado la oportunidad de vivir, dejando a un lado sueños que nos mantienen felices, derrochando segundos que van cuenta atrás a cada instante que pasa. 



viernes, 16 de noviembre de 2012

"Los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué. "


Holly Golightly tenía miedo de ver la realidad, de ver con los ojos de los demás el mundo que la rodeaba, de no distorsionar la verdad y darse cuenta, en efecto, de a lo que tarde o temprano se tendría que enfrentar. Holly Golightly estaba perdida, en todos los sentidos, y no quería encontrarse. Prefería estar en un sitio que tan solo entendía ella, a estar en un mundo entendido por demasiada gente. Holly Golightly era incapaz de querer a nadie, no porque no quisiera, sino porque ella misma se lo impedía sin darse cuenta. Holly Golightly amaba la libertad por encima de todo, y ya sabéis lo que dicen: "el amor lleva a la locura". Y ese fue el problema. Amaba tanto la libertad que su amor le había hecho renunciar a todo con el único propósito de mantenerla. Ella, un espíritu libre, no pertenecía a nadie, ni tan siquiera a ella misma. Ella, orgullosa, siempre mostraba indiferencia ante todo, no se derrumbaba nunca, no se permitía perder la cabeza por nadie, se sentía débil cuando no era ella la que controlaba su vida, en cambio, hacía tiempo que había perdido ese control y aún no se había dado cuenta de ello. Un día, Holly Golightly encontró su alguien especial, alguien con quién no le importaría pasar el resto de su vida, pero de nuevo el orgullo y su propia idea de sí misma y de cómo debía ser, la cegaron por completo. Esa mujer segura que parecía por fuera, era un mar de dudas e inseguridades por dentro. Ella, incompleta de alguna forma, sabía perfectamente como era, lo que quería, lo que necesitaba, pero el miedo que ocultaba en una máscara de valentía, la impedían reconocerlo. Ella pues, era el mayor y único problema. 
Holly Golightly, como ya he dicho, quería libertad, algo sin ataduras. Aún así, ella misma se estaba encarcelando, se estaba encerrando en una jaula cuyos barrotes cada día eran más estrechos. Holly Golightly queriendo correr demasiado, se estaba perdiendo poco a poco en un laberinto que crecía a cada segundo. Se estaba encerrando en sí misma, en su persona, en la peor jaula que cualquier humano puede tener. Perdía el control poco a poco hasta que un día llegó el alguien que la hizo ver que debía reaccionar, que debía cambiar. Ya no sufriría más días rojos, no necesitaría ir a Tiffany`s constantemente, dejaría de cantar Moon River en su ventana, pasearía por Nueva York de día, incluso, podría ponerle nombre a su gato, quererle y encariñarse con algo más que no fueran unos diamantes y un bonitos pendientes.




-¿Sabes lo qué te pasa? No tienes valor. Tienes miedo, miedo de enfrentarte contigo misma y decir "Está bien...La vida es una realidad. Las personas se pertenecen las unas a las otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad". Tú te consideras un espíritu libre, un ser salvaje, y te asusta la idea de que alguien pueda meterte en una jaula. Bueno, nena, ya estás en una jaula. Tú misma la has construido y en ella seguirás vayas a dónde vayas, porque no importa dónde huyas, siempre acabarás tropezando contigo misma.- ("Breakfast at Tiffany`s", Blake Edwards, 1961)

sábado, 3 de noviembre de 2012

Tiene que ser jodido levantarte y saber que la persona a la que abrazabas cada día ya no estará contigo para rodearla con tus brazos, y no porque ya no os queráis, sino porque ya no está ni contigo, ni con el mundo. Tiene que ser jodido pasar toda tu vida con una amiga, tener mil bromas con ella, tener fotos en las que las dos saléis sonriendo, en la que ella te besa la mejilla y un día, simplemente ya no esté ahí. Tiene que ser jodido ir a ver un día una película con alguien y al siguiente desear repetir ese instante miles de veces y que no acabe nunca; tiene que ser jodido despedir a tu hija con un "adiós" sin saber que esa será la última palabra que cruces con ella. Debe ser frustrante saber que nunca más podrás dar un abrazo a alguien, que no podrás escuchar más su risa, ni tampoco sus palabras; frustrante el pensar que nunca más alguien como tu hermana irá a tu habitación cada día para ponerse tu ropa, y que no discutiréis por si le dejas o no una camiseta de la última colección de Zara que compraste con tu paga; tiene que doler el saber que todos los años de amistad han quedado en recuerdos, que un amor que podría haber sido pasajero probablemente se quedará grabado en ti para el resto de tu vida. Jodido que todo lo que has tenido durante años, te sea arrebatado en segundos, frustrante el saber que no podrás mirar nunca más a sus ojos y que al hacerlo ya no verás ni una chispa de vida en ellos, doloroso el saber que ya jamás podrás escuchar sus consejos, su simple voz. Una sonrisa que desaparecerá para siempre, una vida que dejará su huella en el mundo pero que nunca más podrás continuar. 


¿Qué clase de sentimiento se te tiene qué pasar por la cabeza al ver como la persona a la que más quieres en el mundo se está muriendo a tu lado sin poder hacer nada? ¿Impotencia? ¿Debilidad? ¿Horror? Un momento que se quedará en tu mente para el resto de tu vida, eso seguro, un momento que a partir de ahora aparecerá en todas y cada una de tus pesadillas, que querrás olvidar, pero que verás imposible borrar de tus recuerdos. Sin embargo, la mala experiencia nos la quedamos nosotros. El echar de menos, el vacío que nos dejan, solo lo vamos a sufrir nosotros, los que nos quedamos. Quien nos deja, solo vive un día más, sin saber que será el último, se levanta como cada mañana, desayuna lo de siempre, habla con sus amigos como siempre, suelta tontería tras tontería solo para reírse y pasar el rato, ve a su persona especial planeando un futuro con ella, piensa que hacer mañana por la tarde, qué  ponerse el lunes para ir a clase, habla con su familia como cada día y se queja a su madre de que le ha echado demasiada comida en el plato. Solo vive, como siempre desde que nació. Respira sin darse cuenta de que lo hace. Inconscientemente le late el corazón. No le da importancia. En cambio, en unas horas todo se vuelve negro, le da importancia a las cosas si tiene el suficiente tiempo para hacerlo, piensa en los "te quieros" que le han faltado por decir, de las cosas que le han quedado por vivir, de la poca consideración que ha tenido toda su vida al simple hecho de tomar oxígeno por su boca, y de lo mucho que desearía en ese momento poder hacerlo, aunque solo fueran unos minutos más, sólo para decir adiós, para despedirse como es debido. Desearía con todas sus fuerzas que su corazón latiera una vez más, y entonces, darse cuenta de lo realmente importante que es algo a lo que nunca antes había prestado atención, algo tan insignificante pero que da la vida, que nos hace seguir en pie, seguir viviendo. ¿Y entonces qué es lo que queda? Un montón de sueños rotos, de palabras no dichas, de intentos frustrados de aspirar una bocanada más de aire que nos mantenga en el mundo, que nos mantega con vida.