martes, 7 de enero de 2014

 Su vida era más multicolor que el falso policromado en el que vivía el resto de la sociedad. Todo era tan tonos pastel mezclados en una escala de grises, que la gente se había vuelto ceniza como el color de la amargura. Una falsa felicidad nublada las mentes de la gente, y claro, allí estaba ella creándose sus propios colores en la cabeza. Colores vivos, no medio reales como lo eran los pastel.

Todo se había vuelto aburrido hasta el punto de que parecía más una vida color sepia, que una vida propiamente dicha. Y todos, como tontos. aceptaban que esta existencia debía mezclarse con los grises. Nadie era feliz y todos creían serlo. Así de tontos se volvieron, o de locos (según se vea).
La juzgaban porque se inventaba mundos nuevos en su cabeza y protestaban por el hecho de que el suyo no le valiera. ¡Y qué más les daba a ellos! Ella conseguía llegar a su propia felicidad y eso era lo importante. Nadie veía el blanco tan claro y puro como ella, ni conseguía ver el verde de la esperanza. Solo su cabeza entendía que el amor llevaba el color rojo y que los miedos se visten de negro. "Ida" la llamaban, "idiotas" los llamaba ella. Qué ilusos eran todos al creer que la realidad es lo que nos hacen ver, qué ciegos eran todos al no ver lo que su imaginación podía llegar a crear. Y no hablaba de fabricar un mundo extraordinario, sino de un mundo cualquiera al fin y al cabo. Justo, bueno y sin ideas autodestructivas. Un mundo donde se buscara la felicidad y no dinero, donde ser lo que quieres no está mal visto, donde todos crean y no destruyen.

Quizá los demás deberían mirarse un poco su propia cabeza y darse cuenta de que un lugar que no busca la felicidad no es sitio para vivir. Y qué no, que una vida encadenada a ser lo que se espera de ella no es una vida, sino un preso más. Y hoy en día hay miles de millones encerrados en una cárcel llamada sociedad.


Pueden llamarla loca, chiflada o lo que les venga en gana, pero quizá es mejor pensar en un mundo de colores vivos para así al menos intentar pintarlo.


martes, 24 de diciembre de 2013



Fuente: http://spacettf.tumblr.com/post/70997235787/la-voute-celeste-by-erminig-gwenn-on-flickr

Una noche me contó que las estrellas brillaban porque las personas las hacíamos brillar inconscientemente. Su luz era la consecuencia de las millones de ilusiones que vivían en miles de personas en aquel preciso instante. No le creí, claro que no; tan solo era otra de sus muchas historias inventadas para hacerme creer en aquello que mis ojos no alcanzan a ver. Sin embargo, le escuché con la misma atención que lo haría un niño a un cuentacuentos, dispuesta a creer por un segundo en todas esas fantasías y cuentos de hadas que su voz narraba cada día. 
-Las personas-dijo- tenemos la capacidad de hacer grandes cosas ¿Sabes? Aunque no nos demos cuenta de ello. Cuando el primer ser humano tuvo su primer sueño, la primera estrella se iluminó rompiendo con toda esa oscuridad que hasta entonces hacía la noche. Así, a medida que pasaron los años, la población fue creciendo, los humanos aumentaron, los sueños crecieron, las ilusiones para llevarlos a cabo también y con todo esto, las estrellas llegaron a cubrir la casi totalidad del cielo. Incluso hubo un tiempo en el que se alcanzó el pleno esplendor de las estrellas y predominaron ellas por encima de la oscuridad. ¡Imáginate qué bonitas eran las noches por aquel entonces! ¡Y qué bonitas eran las almas de aquellos soñadores llenos de espíritu e ilusión! 
Mientras unos duermen, los que están en el meridiano opuesto iluminan el cielo de aquellos que aún no pueden disfrutar del Sol usando como energía la simple ilusión de lograr algo. Y así se alimentan las estrellas, a base de sueños, de ganas, de fantasías... Dependiendo de la fuerza con la que se desea algo, la estrella brilla con más o menos intensidad y se acerca o se aleja más del planeta. Por eso es muy importante que continuemos soñando, para que el cielo nunca se apague, ¿Te imaginas un mundo de oscuridad? Qué horrible sería eso. Todo lleno de penumbra, de sombras...La Luna estaría sola, melancólica ¿Qué sería de ella? Por no hablar de lo vacío que quedaría el mundo, de la desesperanza que llenaría las almas de aquellos que habitan el planeta. Ahora serían las pesadillas las que se adueñarían de los pobres niños sin ilusión ¿Qué futuro habría para ellos? Tan solo el acatar órdenes, el obedecer y el no sentir. La imaginación quedaría en el olvido, el arte moriría y con él la humanidad. ¿Ves lo importante que es mantener viva nuestra parte soñadora, lo importante que es derrochar energía por conseguir "imposibles" que alimenten la luz de las estrellas?- Interrumpió sus palabras durante un segundo para tomar aliento o para darse aires de interesante, no sé. Me miró, sonrió y tras dirigirme una mirada aún más atenta para comprobar mis reacciones, prosiguió su discurso con aún más intensidad que antes- Sé que no creerás ni el uno por ciento de lo que he dicho, nunca lo haces. Sé que dirás que soy un maldito mentiroso que solo sabe inventar cuentos chinos sin ningún tipo de coherencia, después te reirás y continuaremos hablando de cosas vanales, como siempre; pero también sé que por un instante he visto luz en tus ojos y que te he visto creer como los niños creen en los Reyes Magos. No te diré si la historia es real o no, jamás lo haré. No sabrás si es verdad lo que dicen los libros acerca de las estrellas o si hay algo más allá de la ciencia. Solo te pido que cuando cuentes estrellas en el cielo te acuerdes de todos esos miles de sueños viviendo dentro de la gente, que recuerdes esta historia, a mí, este momento. Así que no me creas si no quieres, no te lo pido; pero confía en mí cuando te digo que cuando mueran los sueños, vendrá la oscuridad.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Que ni todos pensamos igual, ni todos somos iguales.

Existen las personas que ven todo de colores, que piensan en acuarela, que escriben con pinceles y se muestran al mundo a través de cuadros. Sus manos son su todo y sus dibujos sus palabras. Existen melodías que viven en la mente de miles de músicos natos que ni siquiera saben que lo son, pentagramas sin escribir que podrían haber sido miles de cosas y sin embargo, no son; gente que se expresa en canciones y que necesitan del "ruido" de un violín para sentirse mejor. Existen historias encerradas en personas que nunca saldrán a la luz, o que sí, quién sabe; mujeres u hombres (qué más da), que solo son "su yo real" cuando las pones un papel delante, o a las que tan solo conseguirás conocer leyendo aquello que dejan escrito para ellos o para la mismísima humanidad. Transmiten su forma de ser en personajes, en cuentos y relatos, en metáforas y en esos mismos textos residen ellos mismos.
 Hay personas que crean sus mundos paralelos a los que ir a ser feliz cuando vengan tormentas, o simplemente lugares para descansar de tanta cruda realidad. Otros prefieren el sonido de las claquetas de cine o las esculturas de la Grecia Clásica. Muchos crean sus propios ideales y viven por y para ellos, los luchan, los defienden y en fin, bonita manera de vivir. Luego están los que lo ven todo monocromático o quiénes observan su vida desde un objetivo. Algunos son indiferentes a estas mentes y se inventan su propia razón de existencia; otros las admiran, las odian o simplemente las observan quedándose con trocitos de cada una. Existen aquellos que no asumen riesgos o quiénes prefieren ver todo lo que les rodea desde las alturas. Hay personas que no son si no es a través del papel, de un lienzo, de un baile o de una canción, otras que son en su día a día y otros que directamente, no son. Tanta gente y todos tan diferentes, tanta creatividad y mucha desperdiciada, tanta imaginación y pocos la dan importancia. Tanto talento y la mayoría derrochado.

viernes, 22 de noviembre de 2013



¿Recuerdas aquel agujero en el bolsillo de tu abrigo? ¿Aquel por donde se solían caer las monedas, las canicas y todo aquello que guardabas? ¿Lo recuerdas? Pues bien, eso somos muchas personas. Rotos, tela agujereada o seda suavemente rasgada. Algodón, encaje, cachemir, nailón, franela, qué más da. El material es lo de menos, todos se rompen igual.
Algunos rotos son a la altura del corazón, fáciles de ver y de percibir, causa de alguna ingrata sorpresa que te deja al borde de la muerte; otros son por la espalda, tal y como se reciben las puñaladas, las traiciones y demás clases de decepciones. También existen aquellos situados bajo el pulmón, consecuencia de la falta de alguien, del echar de menos y de todo aquello que al irse deja un vacío que te impide respirar como solías hacerlo. Por otro lado, están los del cuello: cortes perfectos, rápidos, limpios y profundos, causados por aquello que en un principio advertía peligro, pero que como todo lo peligroso, sonaba tentador. También están los rotos menores, de fácil arreglo, que apenas se ven y que son tan temporales como el dolor que se siente cuando te golpeas con algo.
Todos estos descosidos, desgarrados o cómo quieras llamarlos, hacen daño en algún momento, son remendados una y otra vez, cosidos hasta cerrar las heridas que un día dejaron ver las debilidades que se escondían tras ellos y que dejaron en su defecto, cicatrices que te recordarán lo que no debes hacer en un futuro, aún sabiendo que la naturaleza humana tenga la torpeza de caer dos veces con la misma piedra. Así, todos estamos rotos en algún momento y nadie se va a conseguir librar de esta regla universal por mucho que intente huir de ella.
Sin embargo existen otros tipos de rotos, heridas silenciosas que están ahí a pesar de que no queramos verlas. ¿Qué es de aquellos agujeros que se encuentran ocultos en nuestros bolsillos y que solo tú puedes ver, sentir y sufrir? ¿Qué es de ellos? Están ahí a pesar de que los demás no puedan ni siquiera percibirlos. Existen, hacen daño y hieren incluso más que los que todo el mundo ve. Se padecen en voz baja, se sobrellevan y al final acaban por generar otros agujeros aún más grandes. Te hunden, te matan y lo peor de todo es que nadie los remienda. Al principio no les damos importancia, pensando que el tiempo será la aguja y el hilo que los recompondrá, pero al final acaban por rasgarnos de pies a cabeza y entonces, ya es demasiado tarde.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Nos llaman rebeldes por seguir nuestros sueños, nos llaman locos por querer lo que otros ni son capaces de ver, se ríen de los que nos proponemos imposibles y nos critican por vivir de ilusiones. Intentamos cambiar el mundo a través de las letras y buscamos que nos entiendan mediante el arte. Todo el mundo habla pero nadie dice nada verdaderamente importante, somos un todo compuesto de un nada, creemos saber lo que no sabemos, lloramos de más y reímos de menos. Queremos enseñar cuando debemos aprender, creemos que nos falta cuando más tenemos y nos gusta que nos traten de imprescindibles sabiendo que en realidad somos prescindibles. Amamos querer y aún así, todavía nadie entiende el amor; criticamos la guerra pero pocos fomentan la paz, pedimos "para siempres" cuando sabemos que la eternidad no existe. Nos contradecimos constantemente y aún más nos equivocamos. Decimos que entendemos la teoría de la gravedad y que "todo lo que sube baja", pero luego no comprendemos por qué cuanto más alto estamos, más duele la caída. Nos encanta enseñar a vivir a los demás, dar consejos, criticar, razonar como si tuviéramos conocimiento. Nos creemos profesores de la vida y de cómo sobrevivir a ella y en realidad, nadie tiene ni la menor idea de cómo vivirla.

martes, 23 de julio de 2013

4.35



Tienen por costumbre hacernos creer que las grandes cosas solo pasan en la ficción, que las mejores personas únicamente se encuentran entre las páginas de ciertos libros y las cosas excepcionales solo se pueden ver a través de una pantalla. Nadie cree que podamos encontrar lo que soñamos en la realidad, ni que todo aquello sobre lo que leemos ciertamente ocurra. Pensamos que todos esos personajes son idealizados y que todo lo que deseamos es una mera ilusión que se queda en lo surrealista. Nunca existirá aquella chica de grandes ojos azules y costumbres raras, ni el guitarrista que convierte los "ella" en canciones; tampoco sabremos nunca sobre un coleccionista de vinilos de The Smiths, The Who, The Beatles o The Rolling Stones; ni mucho menos de una chica que escribe largas cartas,es capaz de hablar sobre todo y hacerte reír como nadie. Las chicas estancadas en los años 60 no existen y los que por el contrario, les gustaría vivir en los ochenta, o son raros, o jamás sabremos de ellos. No creemos en las personas excepcionales. Aunque por creer, no creemos en nada. 
Los libros son historias inventadas, al igual que las personas que aparecen en ellos. Sin embargo, lo que no nos cuentan, es que en un noventa por ciento de los casos existe una inspiración, un alguien que sirve de base para el resultado final. Y esa inspiración es real, de carne y hueso, y puede estar en cualquier sitio. Nadie sabe si esa chica con la que te acabas de cruzar es la protagonista de un poema escrito por un poeta amateur, ni si aquella pareja que se está tomando un café en una terraza ha sido el fundamento de una novela de amor; quizá incluso la simple sonrisa de alguien ha sido el elemento clave de una fotografía; o las manos de un ama de casa, los trazos del dibujo de un artista. A lo mejor hasta tú mismo has sido esa inspiración de una persona y ni siquiera eres consciente de ello... Porque la magia está en los libros, en las películas, en el arte, sí; pero la chispa está en la vida, en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que otros ven de nosotros. Somos especiales, sí; somos ese "él" o "ella" de las historias; pues al final del todo, resulta que nosotros somos la magia.

martes, 9 de julio de 2013

Los buenos momentos no se planean, los buenos momentos se viven.




Lo podría describir de mil formas: tu brazo describiendo ondulaciones contra el viento, asomado por la ventanilla de un coche en un día soleado; tu corazón latiendo fuerte antes de un primer beso con alguien; tú subiendo a un avión, con destino a cualquier lado lejos de tu vida cotidiana; una bicicleta tomando una curva, decelerando a gran velocidad; tú en un parapente sobrevolando un pueblo, viendo diminuto lo que siempre nos parece tan grande, volando a través de las montañas, a través de los ríos, de los lagos, del mar, de las personas. Totalmente perdido entre las nubes; música a todo volúmen sonando en tu casa, sabiendo que nadie te molestará y no estropeará el momento; bolas del mundo a las que señalar al azar, eligiendo un lugar sin importar el "dónde"; tú en una moto a toda velocidad, bajo el Sol, sin ningún coche en el horizonte y tu cuerpo levantado, aferrado a la persona de delante, con las manos en alto y el aire golpeándote la cara, moviendo el pelo en una misma dirección; tú haciendo el muerto en medio del mar, con los oídos dentro del agua anulando todo el ruido sobrante del mundo, descansando, con la mente en blanco; nuestra canción favorita en nuestros auriculares cuando nadie nos mira; cosas sin planear que acaban siendo las mejores casualidades; momentos absurdos que al final terminan por ser los mejores; carcajadas descontraladas que sin quererlo acaban en lágrimas de felicidad; días sin fin, "holas" sin "adiós"; nosotros soñando cosas imposibles; Libertad en estado puro.

martes, 18 de junio de 2013

Es como una hoja en blanco, un vaso sin bebida o un bolígrafo sin tinta: algo desaprovechado. Libros sin letras, películas sin imágenes, música sin sonido o granizado sin hielo... Cosas que están incompletas, inacabadas.  Como una bombilla que no se enciende, un mapa sin países o una puerta sin picaporte: inútil, inservible, vano. Algo roto al fin y al cabo. Una sensación de inutilidad, de falta, de carencia. Algo que puede ser mucho y sin embargo no es nada, algo que puede brillar y se mantiene en penumbra; algo capaz de experimentar y que se limita a observar; algo que no enseña, ni aprende, que no adquiere ni da. Algo muerto. El no tener nada que aportar, nada que ofrecer, el no tener sueños ni metas, el no saber, el estar vacío, el sentirte vacío. Ser como un pasillo del colegio en plenas vacaciones de verano, como el desierto del Sahara o unas manos que no tienen nada que entregar ni tomar; notar que no tienes nada que mostrar, que solo puedes recibir. Un sentimiento de incapacidad, de impotencia, de querer y no poder, de necesitar, de normalidad, de vacío al fin y al cabo. La apariencia de estar vivo por fuera y en cambio, estar muerto por dentro.


domingo, 12 de mayo de 2013

Los pequeños detalles, son los que más cosas guardan.

La plaza del Hotel de Ville estaba tan aborratada como siempre. Personas que van y vienen en diferentes direcciones, prisa en las caras de la gente, terrazas llenas de amigos, parejas o solteros leyendo un periódico; ruidos de coches, voces que se unen formando el murmullo característico de cualquier gran ciudad, cucharillas removiendo cafés, pasos, sillas deslizándose, niños lanzando cánicas que rebotan en el suelo, la risa de la señora dos mesas más allá... Una ciudad en movimiento. París en movimiento. La vida acelerada; como en una película cuando todo empieza a ir a cámara rápida, pero en versión realidad. Y en medio de todo ese ajetreo, de todo ese agobio, dos jóvenes son ajenos a todo lo que pasa a su alrededor y deciden parar el tiempo de sus vidas durante unas milésimas de segundo. Deciden compartir un beso rápido, como tantas otras veces hacen en la intimidad. Están rodeados de gente, pero nadie los ve o mejor dicho, nadie se fija. Es curioso como los humanos dejamos pasar de largo los pequeños detalles, los mejores detalles de la vida. Hacemos más caso a la letra pequeña de los productos, que a los momentos pequeños de la vida. Pero como siempre, hay alguien que presta atención, un superviviente en toda esta multitud de personas que aún consigue vivir ajeno al estrés del trabajo y de la viva misma, un hombre de profesión "observador", un encargado de mantener vivos los pequeños detalles que los demás pasan por alto, un soñador, un iluso... como queráis llamarlo; pero ahí estaba, tomando un café, camuflado entre las mesas de aquel café parisino, con una Rolleiflex en mano y un reportaje para la revista Life en el que mostrar el París romántico del que todo el mundo habla. 3,2,1... y el clic de la cámara se combina con el de las sillas, las voces, los pasos.... Ya está. Guardado en un carrete a revelar, el tiempo enfrascado en una cinta que cuenta muchas otras historias, el tiempo parado en un lugar concreto dentro de todo ese ir y venir de personas, el amor hecho fotografía. Esos instantes en los que la vida paró para esos jóvenes quedó para la eternidad gracias a un superviviente al siglo XX, a un espectador de todo aquel panorama que consiguió ver por encima de la impaciencia y velocidad de los parisinos, que consiguió decelerar la velocidad y congelar aquel minuto de 1950.



(El beso del Hotel de Ville es una fotografía de Robert Doisneau que publicó junto con otras en un reportaje para la revista Life en 1950. No es una fotografía tomada al azar, Robert pagó a Françoise Bornet y Jacques Carteaud - estudiantes de arte dramático y protagonistas de la foto- para que posaran después de conocerles en un café e hicieron fotografías en diferentes puntos de París. Es considerada la fotografía más vendida de la historia, gracias en gran parte a todas las falsas parejas que han dicho ser protagonistas de las foto para tener su parte de ganancia. Fue tomada con una Rolleiflex y expuesta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York)